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JAVIER MARCILLA
Jueves, 03 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:

"3,8 estrellas, pero de toda la vida"

“Cotilleando, me encontré la respuesta del dueño de otro sitio a una de esas reseñas flojas”

Vale, va a sonar tonto, pero te lo voy a confesar igual: hay un restaurante al que llevo yendo con amigos y familia desde hace un montón de años, al lado de la playa, y hace unas semanas, antes de sentarnos, alguien miró el móvil y soltó: “Pues Google le da 3,8.”


Me quedé un segundo con el culo entre dos sillas (literalmente, porque ya había cogido una). ¿3,8? Pero si ahí siempre me han atendido de maravilla, el sitio es fantástico, y llevo yendo toda la vida. Y lo de que "Google le da" tampoco es que Google dé ni quite nada: son opiniones. De cuatro personas que ni sabemos quiénes son.


Me quedé un rato dándole vueltas: ¿desde cuándo necesito que un desconocido me confirme si el sitio es bueno?
Comimos igualmente, claro. La comida, como siempre, muy bien. El precio, razonable. Pero el momento de duda ya había pasado, y eso es lo que se me quedó rondando en la cabeza mientras nos íbamos.


Porque el problema no es que el restaurante tenga un 3,8. El problema es que a mí, que llevo yendo años, casi me hace dudar un número puesto ahí por vaya usted a saber quién, ni cuándo, ni por qué.


Y aquí viene lo mejor. Porque un día, cotilleando (todos cotilleamos, no me vengas con que tú no), me encontré la respuesta del dueño de otro sitio a una de esas reseñas flojas.


Empezaba bien. Educado, casi de manual: “Lamentamos su experiencia, tomamos nota para mejorar”. Muy correcto. Muy digno.


Pero el cliente había replicado. Y el dueño, que es humano y que lleva su negocio con el alma, ya no aguantó el tono de manual. La segunda respuesta era más larga. La tercera, ya directamente se le notaba el temblor en el teclado. Para la cuarta, el dueño le explicaba con pelos y señales por qué el cliente estaba equivocado, incluía la hora exacta del pedido, y terminaba con un “esto queda aquí publicado para que lo vea todo el mundo”, que sonaba más a amenaza que a atención al cliente.


Y lo entiendo. Lo entiendo perfectamente. Porque cuando alguien te dice, delante de todo internet, que tu negocio (el que llevas veinte años levantando, el que conoce a tus hijos por su nombre) no vale nada, algo se te remueve por dentro y ahí el manual de estilo se va a hacer puñetas.


Solo que ahora, a veces, la boca es una pantalla.
Javier Marcilla es desarrollador web y consultor SEO. Vive en Onda y lo podéis encontrar en javiermarcilla.com
 

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