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Lunes, 23 de Septiembre de 2019 Tiempo de lectura:

La historia de ... el chicle

[Img #36638]Fue el general mexicano Antonio López de Santa Ana quien en 1860 diera pie a la comercialización del chicle. Tras una vida marcada por numerosos episodios bélicos, este personaje acabó viviendo su exilio en Nueva York, lugar al que llevó uno de sus vicios preferidos: la goma de mascar, o chicle. No era sino la savia lechosa y seca, de la sapodilla, árbol conocido por los aztecas como “chitcli”, de donde proviene el nombre.

 

Esta inusual resina insípida atrajo la curiosidad del fotógrafo neoyorkino, y amigo del general Santa Ana, Thomas Adams, quien importó grandes cantidades de aquella materia con la idea de convertirla en caucho sintético de bajo precio. Al no lograr este propósito, y al no saber muy bien qué hacer con tal cantidad de “chitcli”, decidió darle el mismo uso que le procuraba su amigo mexicano: mascarlo, tanto él como su hijo Horacio. Tanto les llegó a gustar aquello que lo lanzaron al mercado como sustituto de las pastillas de parafina masticables que se vendían con el mismo fin: calmar la ansiedad y aplacar los nervios.

 

Así, las primeras bolitas de chicle sin sabor se vendieron en 1871 en cajitas bajo el nombre de “Adams New York Gum”, y no tardaron en desbancar a las pastillas de parafina. Después del formato bolitas, pronto se pensó en comercializarse también como tiras largas y delgadas que el propio tendero cortaba al gusto del cliente.

 

El chicle siguió siendo un producto insípido durante bastantes años, hasta que al farmacéutico John Colgan se le ocurrió aromatizarlo, en 1875. Para ello utilizó bálsamo medicinal de tolú, una resina aromatizada usada en la confección de jarabes contra la tos, diendo a su nuevo producto el nombre de “Taffy-tolú”. Ante aquella innovación, el propio Adams lanzó al mercado su propia versión del chicle con aroma, utilizando goma de sasafrás y esencia de regalíz. Poco después aparecería el rey de los sabores: la menta, que comercializó un fabricante de Ohio.

 

La creciente adaptación del producto animó a Adams a inventar la máquina expendedora de chicle, lo que acabó por distribuir el producto en todas partes. Aunque el triunfo definitivo llegó con el ingenioso fabricante William Wrigley y su “Spearmint”, quien en 1915, tuvo una gran idea: al grito publicitario de “A todo el mundo le encanta recibir algo por nada”, envió a todos los americanos con teléfono cuatro pastillas de su chicle preferido, en total 6 millones, con lo cual, el éxito del chicle estuvo asegurado.

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