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Joan Feliu
Miércoles, 13 de mayo de 2015
A VECES OIGO COSAS

Sobre ladrones

A veces oigo cosas sobre ladrones. La verdad es que últimamente las oigo a diario. La corrupción goza en España de una excelente salud. Es portada de los periódicos, alimenta el share de los telediarios, ocupa las redes sociales y ya hasta ha colonizado las conversaciones de ascensor con el vecino cuando bajas a tirar la basura, antaño dominio exclusivo de la climatología. Son los protagonistas de nuestra sociedad un grupo de corruptos sinvergüenzas que nos roban impúdicamente, sin ni siquiera disimular. Quizá sea eso lo que más me molesta, su falta de pudor, la exhibición de poca vergüenza de ese montón de mentirosos, desabridos, egoístas, petulantes, groseros y zafios.


Toda esta sucesión de estafas al pueblo demuestra que es mejor robar mucho que poco.  Se cuenta que un repartidor de dinero de una empresa estatal mexicana, imitando al Dioni, desapareció con cincuenta mil pesos, unos tres mil euros al cambio. Cuando lo agarraron ocho días después en Tuxla Gutiérrez tomando mezcal en una cantina, quiso sobornar al policía y le ofreció veinticinco mil pesos a cambio de que hiciera la vista gorda, la mitad de su botín. Perdóneme, le dijo. Pero el comisario resultó ser fino, como dicen allá, y casi se ofendió. Ahora el tipo está en la cárcel. Cinco años por tres mil euros le cayeron. Por abuso de confianza, falló el juez. El caso es que el hombre había tenido en sus manos un millón de pesos, pero sólo cogió cincuenta mil. El comisario, cuando lo tenía en el calabozo le dijo: si se hubiera ido usted con el millón del furgón, no lo alcanza a usted ni Dios Padre, por que quinientos mil pesos no hay agente que los resista. Quizá tenga razón el comisario, y los honrados lo seamos por falta de oportunidad de meterle mano a la saca, pero quiero pensar que no, y en todo caso, aún siendo decentes por obligación, no deberíamos resignarnos a la impotencia que se siente ante la flagrante y constante injusticia. Yo no quiero vivir en un lamentable mundo de favores y rancios halagos a gobernantes de dudosos méritos. Como Juan Goytisolo, en su discurso de recepción del premio Cervantes, no puedo asumir sin más un mundo de corrupción y miseria. Y como él, parafraseo al Quijote: “Es empresa de los caballeros andantes deshacer entuertos y socorrer y acudir a los miserables”. Imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los corruptos. Seamos caballeros y no cómplices votándoles, porque, al fin y al cabo, no nos van a repartir el botín.

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