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Domingo, 5 de octubre de 2014

Señores y juglares

En un lugar de la chanza, cuyo nombre todos recordamos, gobernaba un hidalgo que en sus mocedades comulgó con sus hoy acérrimos oponentes. Sin mano izquierda pero con anteojeras en la cabeza, como llevaban los caballos para que solo vieran de frente, se rodeó de unos compañeros reconvertidos en alguaciles que, en presencia de su jefe, aprendieron, bajo pena de bronca, a agachar la cabeza y a aplaudir cada una de sus decisiones. Entre ellos destacaba su fiel escudero, que tenía una lengua entrenada en las lides dialécticas más impetuosas. Lo que en principio se vio como una virtud, al poco tiempo se tornó en una fuente inagotable de conflictos, pero en eso consistía su cometido, tal y como observó un bufón con aires de filósofo: Buscaba problemas, los encontraba, hacía un diagnóstico falso y luego aplicaba los remedios equivocados.

 

Por aquellas tierras vivía un juglar que no se contentaba con divertir a los nobles ni en entonar los cantares de gesta sobre las hazañas del recién nombrado caballero, porque a este cantor, con aspiraciones de trovador, prefe-ría, sobre todo, componer sus obras y contar su visión del mundo sin injerencias. Incluso hubo una época, cuando las rosas tenían menos pétalos que espinas, en la que el magnánimo admiró su osadía, y es que el juglar no tuvo inconveniente en divulgar sus pláticas cuando el gobernador solo era un aspirante al poder y pocos le escuchaban.

 

El día de la victoria llegó. Cabalgando a lomos de promesas de empleo y con el viento de la crisis a favor, el ambicioso señor tomó la vara de mando de la villa que tanto había anhelado en el pasado. Fue entonces cuando se descubrió su máscara. Vio gigantes cuando solo había molinos, afiló cuchillos, cortó cabezas, cambió cruces y caminos. El trabajo seguía siendo escaso, al contrario que las bocas sin nada que llevarse al estómago, y sabía que cuando el hambre aprieta, suelen aparecer los gritos y las revueltas.

 

El mismo juglar que antes conquistó su aprecio le dedicó romances en los que no salía bien parado, pero el elegido gobernador prefería las odas. Él pretendía que le rindiesen pleitesía y para ello no dudó en formar una corte de honor de fervientes seguidores, que en un intento de copiar a su dueño, imitaron las viseras que llevaba en la cabeza. Y, para despertar sus elogios, hubo alguno que incluso se cubrió totalmente los ojos.

 

Buscó a juglares más allá de sus fronteras, más poderosos y con renombre, para que en todo el reino se divulgaran sus logros. En ocasiones incluso vinieron juglares de tierras lejanas para ver con sus propias lentes lo que ocurría en aquel lugar maravilloso. Pronto se marcharon.

 

Pero la voz del impertinente rapsoda todavía retumbaba en las paredes de su aposento. El ya visto como un comendador lo negaba, no se cansaba de repetir una y mil veces que no conocía a aquel siniestro personaje, y animaba a los suyos a dar un paso más y taparse las orejas para no escuchar lo que consideraba tendenciosos recados y a no contratar sus servicios.

 

Mientras tanto, el juglar proseguía sus andanzas por las tierras que el gobernador consideraba de su propiedad. No había taberna ni establecimiento donde no llegara su mensaje. Así que el resentido caballero urdió un plan. “El florentino ése, Maquiavelo, no me va a llegar ni a la suela de mis zapatos”, pensó mientras se frotaba las manos.

 

Por una fórmula sacada de un manual de magia negra, llegó a resucitar a un viejo juglar que durante unos años también prestó un gran servicio a sus oponentes. La pócima era secreta. Unos decían que si piel de sapo, otros que si sangre de serpiente, quizás con alas de murciélago. Lo que todos sospechaban era que el ingrediente fundamental, para que el encantamiento funcionara, era la plata, y eso para él no era problema. No era suya y para eso estaban los tributos, así que decidió fundirla sin demasiados miramientos.

 

El resucitado juglar recorrió las mismas calles y plazas que el arraigado cantor. Como tenía el pan asegurado que le suministraba su amo, ofrecía sus historias, que solían ser las mismas que las que dictaba su señor, sin apenas cobrar nada por su dócil dicción. El propósito: arrinconar a su competencia, aniquilarla o, el en el peor de los casos, condenarla al exilio o a otros menesteres menos insolentes que el de airear sus mezquindades.

 

Pero nuestro obstinado juglar seguía a lo suyo. No se amilanó ante el desprestigio al que fue sometido, no se arrodilló a pesar de las zancadillas, continuó recitando lo que consideraba injusto y lo que contaban los súbditos. Se consideraba libre, libre para contar lo que debía saberse, y libre para contar lo que tantos no querían que se supiera.

 

Y eso, para disgusto del comendador, gustó a muchos de los habitantes de este lugar de la chanza, lo cual fortaleció la confianza que los taberneros y comerciantes tenían en el juglar. Y todo eso dio sentido a su esfuerzo, y en una de las ferias que se hacían en la población, agradeció de nuevo este apoyo, la posibilidad que les brindaban de vivir como uno más en la villa, como hacía el herrero, el maestro, el panadero o el letrado. Eso sí que era hacer pueblo.

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